Brel.

Jacques Brel

En la insomne noche, frente a mi afilado folio, busco ansioso a las musas, que huyen de mí, pobre y solitario fauno, como traviesas ninfas. Ni las alcanzo a ellas, ni ellas me alcanzan a mí pero encuentro, en el ciberespacio, poetas de otros tiempos que me sumergen en una catarsis personal, solitaria, en mi pequeña habitación.

Uno de estos poetas, que han hecho que pase horas sentado en mi sillón, a oscuras, de madrugada, sin hacer nada más que disfrutar de la palabra, ha sido Jacques Brel.

Con la posibilidad de regresar al pasado, que nos dan las nuevas tecnologías, conocí a un hombre del que, hasta ahora, solo sabía su nombre: Jacques Brel. Ocupaba toda la pantalla de mi ordenador, en blanco y negro. Corrían los años cincuenta, y su verbo no necesitaba más decorado que la oscuridad a sus espaldas, un micrófono y un foco que iluminara su desencajada cara.

Entonces los cantantes eran poetas y, como tales, no necesitaban ser guapos. Sus grandes orejas, sus ojos pequeños, su marcada mandíbula y sus labios carnosos no eran un impedimento para atraer al espectador.

Brillaba su rostro y caían, pausadamente, gotas de sudor por sus mejillas y su mentón mientras, envuelto por el sufrimiento, la frustración y la desesperación del amor, susurraba, con cierta resignación melancólica, “Ne me quitte pas”. No me dejes.

Esa misma noche cantó para mí “Ámsterdam”. Entonces la tristeza amorosa fue sustituida por fuerza, furia y vehemencia, con ciertos toques de locura genial en sus movimientos. Contaba historias del puerto de Ámsterdam, de marinos que viven y mueren, de putas y de mujeres infieles.

En su voz potente y ronca las palabras dejaban de ser francesas para convertirse al esperanto que es la poesía. Fluían sobre la música creando historias que hacían vivir otras vidas.

Cuando creía que el poeta era insuperable, en la belleza de sus obras, volvió a sorprenderme. Se me mostró como un histrión loco que con versos, aparentemente cómicos, me regalaba su visión crítica, ácida y delirante de la vida. “Los burgueses son como los cerdos, cuanto más viejos, más bestias. Los burgueses son como los cerdos, cuanto más viejos más gilipollas”.
“Les bourgeois c’est comme les cochons” sentenciaba.

Aunque como mejor se conoce a un poeta es leyéndolo, o en este caso escuchándolo, no resistí la tentación de saber que había sido de él.

Aunque había pasado toda la noche conmigo, hacía ya casi treinta años que había muerto. Tras alcanzar la gloria artística había escapado de los escenarios y solo grababa discos de estudio. Por eso solo había podido verlo en grabaciones en blanco y negro de finales de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado.

Su huida lo llevó a las Islas Marquesas donde pasó sus últimos años antes de morir, a los cincuenta años. Fue enterrado en el paraíso polinésico y hoy descansa al lado del pintor Paul Gauguin. Un sitio digno de él.

Aunque quizás, quién sabe, no muriera y esté en el mismo sitio donde está Elvis o el gran Carlos Gardel. Allí donde los hombres mueren y se convierten en leyendas.

 

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