El hondero navarro (leyenda)

La honda es una de las armas más antiguas de la humanidad. Su origen se remonta a los tiempos preshistóricos, quizás al Paleolítico, en el que se usaría exclusivamente como arma de caza. Correspondiendo ya a la época del Neolítico, se han encontrado en el área de Oriente Próximo grandes cantidades de proyectiles de arcilla cocida, asociados a usos bélicos.

En épocas clásicas, la honda fue usada por griegos, cartagineses, romanos, etc. Fueron famosos en todo el orbe antiguo los honderos baleares, que eran contratados como mercenarios por diferentes ejércitos de la antigüedad. Eran entrenados desde la infancia en la destreza con la honda y llevaban tres tipos de distinta longitud, según la distancia del lanzamiento.

Se decía que su precisión y potencia no tenían parangón. (Muchos ingleses durante su permanencia en la isla de Menorca tuvieron ocasión de conocer en su propia anatomía corporal la puntería de los menorquines) El uso de los proyectiles de plomo inventados por los griegos, haría de la honda un arma temible, más incluso que el arco dada su mayor potencia de impacto y alcance. A esto se unía el pequeño tamaño de los proyectiles que eran capaces de penetrar en el cuerpo a la manera de una bala y lo mismo que ella eran invisibles por el aire. Como arma de guerra la honda se utilizaba todavía durante toda la Edad Madia, llegando a convivir incluso con los primeros cañones. Como herramienta asociada al pastoreo la honda se usaría desde el Neolítico hasta nuestros días.

En la actualidad su uso se restringe a algunos paises de economías primitivas, donde el pastoreo juega un cierto papel, como Perú, Tibet, etc. En España la honda está a punto de sumirse en el olvido total, salvo en Baleares, donde pervive como deporte autóctono.

LA LEYENDA.

Existía a principios del siglo pasado un zagal (Imanol) en la Sierra de Urbasa, que cuidaba de un enorme rebaño de lachas sin más ayuda que la de su noble mastín Txakurra y su honda de trenzas de crin.

Manejaba el muchacho aquél artilugio ancestral con tal habilidad, que hacía silbar los guijarros a escasos centímetros de las orejas del animal que intentara descarriarse, sin por tanto lesionar nunca a la oveja díscola.

En las noches despejadas y de luna llena, ya aposentada la grey en los rediles, Txakurra el enorme mastín observaba tumbado y complaciente cómo su amo, desde la majada verde que circundaba la cabaña, intentaba impactar sus mejores proyectiles contra la cara visible de Selene; hasta que exhausto y rendido por el sueño se alargaba sobre el jergón de capullos de panocha a esperar la madrugada, soñando con pastoras de ojos azules. Para, a la noche siguiente, si la neblina pertinaz no lo impedía volver con el empeño.

Mientras el zagal iba creciendo en estatura, músculos y terquedad, Txakurra se acercaba inexorablemente al final de su vida contemplando -con aire burlón más que complaciente- plenilunio tras plenilunio y años tras año a Imanol persistir en su testarudez.

Evidentemente nunca Imanol logró sacudirle un peñazo a la luna. Pero sí consiguió sin proponérselo, ser el mejor, más diestro y más potente hondero de toda Navarra.


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