La muñeca de Kafka

KAFKA Y LA MUÑECA (basado en un hecho real )

Estamos en el último año de vida de Franz Kafka, en un parque del barrio berlinés de Steglitz, donde el escritor tiene la costumbre de pasear diariamente junto a su enamorada Dora Diamant. La historia comienza cuando un día se encuentran a una niña llorando desconsolada. Kafka le pregunta que es lo que le pasa y  si está bien, pero la niña niega con la cabeza. Ha perdido su muñeca. Ante tan “dramática” situación Kafka reacciona de inmediato.

“No te preocupes, tu muñeca se ha ido de viaje”.

La niña le mira con desconfianza. “¿Cómo lo sabes?”.

“Por que me ha escrito una carta”.

“¿Me la puedes enseñar?”.

“Lo siento, se me ha olvidado en casa pero si quieres te la traigo mañana”.

La niña no sabe si Kafka se está burlando o no pero lo ve tan seguro que acepta.

El escritor corre a su casa, se sienta en la mesa de trabajo y, según el testimonio de Dora Diamant, escribe la carta de la muñeca con la misma energía y dedicación que emplea para crear sus famosas obras.

El próximo día, cuando Kafka vuelve al parque, la niña ya le está esperando. Como todavía no sabe leer es él mismo quien hace los honores. Según la carta, la muñeca tenía la necesidad de ver mundo, de vivir su propia vida. La echa mucho de menos y le dice que la quiere mucho. Y algún día volverá. Mientras tanto le enviará una carta todos los días para contarle que tal le va.

Durante las tres próximas semanas, Kafka, uno de los mejores escritores en elemán de la historia, “perderá el tiempo” escribiendo una carta diaria a una niña que le era totalmente desconocida. Tres semanas en las que la muñeca va viviendo diferentes aventuras, en las que empieza a ir a la escuela y en las que hace nuevos amigos. En cada una de las cartas le repite que la quiere pero siempre hay alguna razón por la que no puede volver.

Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento de la despedida final, para el momento en que la muñeca saldrá de su vida para siempre. Y para ello necesita un buen final. El mejor posible: la muñeca se enamora. En la última carta le describe a su enamorado, como le conoció, su nueva casa y lo feliz que se siente.

Y llegamos a la última línea de la última carta. Silencio y expectación. La niña afirma con la cabeza y sonríe. Ella también está feliz. Las cartas de Kafka curaron la tristeza de la niña. Y no sólo eso, también le regaló una historia bellísima para toda la vida.

 

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El reciente Premio Príncipe de  Asturias, el escritor norteamericano Paul Aster, lo recoge en su libro “Esto es Brooklyn”

 

 

 


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