Criaturas de los bosques en la mitología astur (3)

EL CUÉLEBRE

Monstruos de los bosques asturianos parecidos a serpientes gigantes, con alas de murciélago, escamas impenetrables y una cola enorme. Suelen vivir en en lugares secretos como las cuevas, las fuentes cavernosas y las grietas del subsuelo. Debido a sus poderes físicos y su gran inteligencia, siempre han sido utilizados por los moros para custodiar toda clase de ayalgues. Los cuélebres generalmente siempre permanecen en su territorio, moviéndose únicamente para alimentarse, devorando ganado o a algún ser humano: En consecuencia, un cuélebre encargado de guardar una ayalga permanecerá casi siempre en la entrada de su guarida, volando por encima para vigilar la llegada de extraños. En el caso de que algún infeliz se acercara a sus dominios para robar su tesoro, el cuélebre estallaría en ira y lo devoraría sin compasión.

Los cuélebres, que emiten silbidos terribles, se convierten en un verdadero tormento para los habitantes de los alrededores ya que tienen que dejar comida en el bosque para alimentarlo, si no, el cuélebre hambriento vagaría por las cercanías devorando a la primera criatura, humana o no, que se encontrase o incluso raptaría a niños.

Es difícil darle muerte, pues sus escamas son muy duras y sólo es vulnerable en la garganta aunque a veces los campesinos consiguen engañarlo y, de esta manera, matarlo. Es el caso de unos campesinos que hartos de tener que alimentar al cuélebre le dieron una piedra al rojo o el de los monjes que para no tener que alimentar al monstruo y evitar que así se comiese los cadáveres del convento, le dieron una boroña (pan) con alfileres que le causaron la muerte.

Otro de los tormentos que trae el cuélebre para los campesinos es su costumbre de encantar a moces y llevárselas a su guarida. El cuélebre sólo se rendirá a la fatiga entonces en la nueche de San Xuan, cuando los paladines de la ventura quiebran los encantamientos y encuentran de una vez, y en grado sumo, la fortuna, el amor y la belleza.

El cuélebre envejece con los siglos, y entonces las escamas se le crecen, y los ríos le rechazan, y se niega la tierra a soportarlo. No le queda otro remedio que sepultarse en su mar, que se nombra mar tapada porque se desparrama bajo el suelo. En el fondo de este mar hay un vivero inmenso de diamantes… Y los hombres, se cogen los diamantes con un trozo de carne y una cuerda; los diamantes se pegan a la carne cuando toca el abismo y suben cuando ella sube, si consigue salvarse de los cuélebres.

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